AGUASCALIENTES

AGUASCALIENTES


Tradiciones
-Échate un trompo a la uña -

Los abuelos cuentan a sus nietos: "Las calles eran empedradas y relucientes. En ellas paseaban calandrias y carretas tiradas por mulas; al atardecer, a la hora de jugar, se llenaban del griterío de los chiquillos".

Todos los juegos tenían su temporada. En la de las canicas, los paliacates se abrían como sacos de tesoros llenos de agüitas, de canicas de barro, de caicos y balines.

En el tiempo del balero y del trompo, se hacían concursos en los que los niños más duchos bailaban los trompos sobre la cuerda, los lanzaban al aire y los recibían en la uña del pulgar. También había tiempo para los huesitos de chabacano, para jugar al burro, para brincar la cuerda y bailar con ella, o para los encantados y las rondas infantiles. ¡Ah!, y el tiempo de volar papalotes.


Mitos y leyendas
- La llorona -

Cuenta mi papá, Ramón García, que cuando él era un niño de diez años, un día mi abuela le pidió que fuera a buscar un tercio de leña para el fogón de la cocina.

Faltaba poco para el mediodía. Mi papá fue hasta el arroyo y empezó a recoger la leña. De pronto, sin que se hubiera escuchado algún ruido, estaba frente a él una señora con un vestido blanco muy largo; su cabello era tan oscuro como si llevara un velo negro sobre la cabeza.

Mi papá se quedó viéndola con sorpresa; esperaba que ella le hablara, pero la mujer se quedó callada e inmóvil. Entonces, él la miró de arriba hacia abajo y cuando llegó a la parte donde deberían estar los pies se estremeció de terror, porque se dio cuenta de que la mujer no pisaba el suelo, sino flotaba sobre él.

En ese momento la mujer gritó angustiada:

-¡Ay, mis hijos! ¡Ay, mis hijos !

Imagínense el susto de mi papá. Aventó la leña y corrió sin voltear hacia atrás hasta que llegó a su casa. Al verlo, mi abuela le preguntó que dónde estaba la leña, pero él tenía tanto miedo que no podía hablar. Cuando ella lo miró, notó la palidez que le cubría el rostro y, preocupada, quiso saber qué le había ocurrido.

Mi papá seguía sin hablar. Fue hasta un rato después que comenzó a llorar y pudo contarle a mi abuela lo sucedido. Ella se quedó pensando un rato, luego le explicó que esa mujer era la Llorona y que siempre se aparecía donde corría agua, pues buscaba a sus hijos que mató y echó al mar.

Por ese crimen su alma llevaba muchos años en pena, y así seguiría por toda la eternidad.

Ahora mi papá nos cuenta lo que le pasó sin miedo, porque ya no es el niño de entonces, pero reconoce que fue la peor experiencia de su infancia.

 

Cuentos
- La cochina endemoniada -

Eran casi las doce de la noche y toda la gente de Rancho Viejo estaba dormida. Lo único que se oía era el sonido del viento al mover con fuerza las ramas de los árboles y uno que otro ladrido de algún perro desvelado. Sin embargo, ocurrió algo que acabaría con la tranquilidad del pueblo.

Por las calles se oyeron ruidos horribles; parecían pasos muy fuertes y rápidos que arrastraban una cadena. Todas las familias se levantaron, aunque era tal su miedo que nadie quiso asomarse para averiguar qué pasaba. Estuvieron encerrados hasta las cuatro de la mañana oyendo los misteriosos ruidos y pensando si los provocaría un espanto o el mismísimo demonio.

Después de esa hora todo quedó silencioso, pero la gente aún esperó un rato antes de salir de su casa. Cuando por fin lo hicieron, se preguntaban unos a otros:

-¿Oíste al diablo? ¡Aquí anduvo toda la noche!

No faltó quien contara que había salido a ver qué pasaba y había visto al demonio frente a frente, otros decían que sus casas olían a azufre, y alguien más afirmó que halló una cadena enfrente del corral.

En lo más animado de la plática, se acercó la señora Cayetana, y de inmediato le preguntaron si había escuchado al demonio en la noche.

Muy tranquila respondió:

-¡Cuál diablo! Era mi cochina, que anoche se soltó con todo y cadena.

 

 

 

 

Fuente: CONAFE, Manantial de recuerdos, México, 1997.