BAJA CALIFORNIA

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Tradiciones

- A compartir -

Antes, mi padre nos hacía un juguete de cualquier cosa. De un palo sacaba un bate. Lo trabajaba con el filo de un machete. Un tacón de zapato le servía para hacer una pelota. Las pelotas le salían rápido, como si fuera un mago de circo: cogía el tacón, lo doblaba, lo enrollaba con un hilo y lo forraba con un pedazo de cuero. Luego lo cosía y ¡a jugar se ha dicho!

Por su gracia de artista, una vez mi padre nos pudo hacer dos camiones; uno para mi hermano y otro para mí. Los dos eran iguales. El decía que lo que tenía uno el otro debía tener, y si no alcanzaba para los dos, entonces lo que hubiera era de todos. El nos enseñó a compartir.

Así fue y todavía es mi padre, porque aunque los años le han llenado la cara de arrugas y manchitas de viejo, él sigue pensando lo mismo.

Mitos

- Cómo llegaron las vaquitas al Golfo de California-

Hace muchos años, en los pueblos del norte de México, algunos guerreros tenían secretos mágicos para cambiar de forma y saberlos utilizar les ayudaba en momentos difíciles.

En una tribu de California había un muchacho que tenía el don de volverse coyote y también animal de mar. Este joven, llamado Coyote de Agua, amaba a su a su gente por encima de todas las cosas; acostumbraba subir de noche a la montaña y desde ahí contemplar la luna iluminando los sueños de sus hermanos.

Un día, cuando jugaba entre las olas del mar, una noticia cruzó el cielo con la velocidad y el filo de una flecha: era la guerra. Avanzaba entre las montañas amenazando la vida de todos aquellos que encontraba a su paso.

Al volver a su aldea, los guerreros ya estaban preparándose para atacar mientras las mujeres y los niños se escondían en una cueva de la montaña. Cuando empezó la batalla, el sol se ocultó bajo un manto oscuro presagiando desdicha. Durante siete días con sus noches Coyote de Agua luchó sin descanso junto a sus hermanos, pero al final de la última noche sólo quedaba él. Entonces, con gran pesar, decidió huir.

Convertido en coyote corrió por caminos que sólo él conocía y subió a la montaña en donde mujeres y niños esperaban ansiosos. Luego, como un eco lejano, el rumor del llanto atravesaba los valles.Al amanecer, guiados por el joven guerrero, caminaban en silencio rumbo al mar en busca de un lugar donde su pueblo renaciera.

Al llegar a la costa, el muchacho se metió entre las olas y del fondo del mar tomó unas piedras azules. Cuando salió puso una bajo la lengua de cada mujer y de cada niño. Después, uno a uno se metieron al agua y se transformaron en animales parecidos a los delfines.

Coyote de Agua esperó un momento, no pudo evitar voltear a ver lo que dejaban atrás, luego se lanzó al agua, se unió a los de su pueblo y el mar guardó silencio.

Años después, se han visto unos pequeños animales solitarios y tímidos que, apenas se acerca una lancha, se ocultan. Son las vaquitas, sobre las que los pescadores han creado historias como ésta.

Cuentos

- El perro y el coyote -

cuento kiliwa

Una vez, en el monte, se encontraron un perro y un coyote. Saludarse fue un gran gusto para ellos, pues a pesar de ser primos no se conocían. Cada cual se puso a contar entonces su vida. El perro se quejó de todo lo que debía hacer para ganarse el sustento. Luego, al escuchar el relato del coyote, se maravilló de su libertad de poder ir de un sitio para otro, durmiendo donde lo sorprendiera la noche, sin tener que cuidar a nadie. -Eso es ser feliz, primo- suspiró el perro. -Ya lo creo- contestó el coyote, que llevaba varios días sin probar bocado y desfallecía de hambre. En el monte se está seguro y tranquilo, y nunca faltan la comida y los buenos amigos. El perro empezó a sentir una gran tristeza por ser perro y no coyote.

-Qué bueno sería vivir como tú, primo- le dijo. Pero un perro no puede vivir como un coyote, y tampoco mis amos me lo permitirían. -No te preocupes por ellos- lo alentó el coyote. Si deseas conocer lo que es la vida de un coyote yo te puedo ayudar. Para que tus amos no se den cuenta de tu ausencia me prestas tu piel de perro y yo iré a ocupar tu lugar en la casa. Tú te pones mi piel de coyote y te vas a hacer la prueba. El perro acogió con inmensa alegría tal propuesta. Pronto se puso la piel del coyote y se internó en el monte. El coyote, a su vez, se colocó la piel del perro y partió al trote hacia la ranchería.

No tardó mucho el perro en comprender que la vida en el monte era bastante dura. No halló amigos, y ni siquiera un momento de tranquilidad. La comida era muy escasa.

Comprendió que en esas condiciones la soñada libertad carecía de valor alguno.

Desilusionado y hambriento el perro decidió regresar a su casa. Le sorprendió no encontrar al coyote al llegar. Lo buscó por los alrededores, y cuando se daba ya por vencido vio su piel oculta en un rincón de la enramada. Ya con su verdadera piel ladró fuerte para que sus amos salieran a recibirlo. Pero al verlo, en vez de alegrarse su amo se puso furioso. -Perro desgraciado... Ladrón, mal compañero- le gritó. ¿Así pagaste el cariño que te teníamos? Cuando el hombre recogió un palo y se vino a pegarle, el perro le preguntó qué pasaba, cuál era la causa de su enojo. -¿Quieres engañarme ahora?- dijo el amo, -¿Acaso crees que no sabemos que te comiste las gallinas y las chivitas?-

-¿Yo?

Estaba por pedir que le explicara cuando vio a su primo el coyote llegar a la enramada, tomar su piel y huir rápidamente hacia el monte.

Los kiliwa viven en escaso número en el estado de Baja California. Casi todos son analfabetas. La tierra donde viven es accidentada, áspera y pedregosa. El clima es seco y más bien frío. Viven de la ganadería y la agricultura.



Fuente: SEP, Relatos del mundo indígena, México.