CHIAPAS

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Tradiciones

- La reja de papel -

En Comitán, Chiapas, los cumpleaños se festejan de una manera muy especial. Es difícil saber precisamente dónde y cuándo comenzó esta tradición, pero la noche antes del cumpleaños de un niño, sus familiares hacen lo que se conoce como la reja de papel. La reja está hecha de tiras de papel picado de colores alegres (el papel picado es una tradición que consiste en hacer figuras decorativas en papel de China; estos papeles se usan como adornos en las fiestas, y demás). Primero, las tiras de papel se unen con cera y luego se pega en el marco de la puerta del cumpleañero. Cuando los niños son pequeños, la reja sólo cubre la mitad de la puerta, pero su tamaño aumenta cada año, conforme crece el niño.

Al día siguiente, antes de que despierte el niño festejado, sus familiares se reúnen fuera de la casa con pétalos o confeti, listos para que comience la celebración. De repente, se abre la puerta y el cumpleañero rompe la reja de papel para ser abrazado y felicitado; se encienden cuetes y, muchas veces, una marimba toca una melodía alegre.

Parece que esta tradición data de muchos años atrás y tiene un significado muy hermoso: Al romper la reja de papel se recrea el momento en que el bebé sale del vientre de su mamá para llegar al mundo. Es por eso que la fiesta se inicia cuando el pequeño sale de una recámara oscura a la luz del día, y su familia lo recibe con gran alegría, música, regalos y, por supuesto, la deliciosa comida chiapaneca.

Mitos

- Las abejas-

No era sábado, no era domingo. Era un día que los calendarios no recogieron. Ya todo estaba hecho. Las aves, los peces, los animales, el hombre, las rosas, todo estaba hecho. Pero faltaba algo: faltaba la abeja. Los hombres tenían la sal, pero no el azúcar, y Dios quiso hacer a las abejas para que trabajaran la miel, que fue el azúcar de los primitivos.

Juntó arcilla de las márgenes de los ríos, y un poquito de sal y un poquito de polen; cargado de estos menesteres, se acercó a la orilla del mar, que en todo ha de estar presente.

Trabajaba el artífice. Salida de sus manos la pareja de cada especie, era expuesta al sol para secarse y, seca, la brisa la levantaba y la perdía en el azul de la mañana.

Pero el diablo no duerme, trabajaba tanto como Dios. Fue acercándose a la orilla del mar para interrumpir en lo que pudiera la obra del Creador. Estaban sobre la arena que de tan blanca parecía polvo de perlas, la abeja y el abejón, y el diablo los partió por la mitad. Viendo aquello, Dios tomó las dos partes, las afiló y, anudándolas, las lanzó con su soplo hacia la lumbre del mediodía.

Por eso las abejas tienen el talle delgado y de todos los insectos son aquellos en quienes el ruido de las alas es más sonoro y musical. Es que el soplo del Señor persiste en sus alas. Y, volando en torno de las flores, resplandecen.

Cuentos

- Lucía y su huipil -

Un día Lucía le preguntó a su mamá cómo podía hacer un huipil, que es como una blusa que usan las mujeres. A su mamá le dio mucho gusto que tuviera interés en eso, pero le dijo que era muy laborioso, que tomaba mucho tiempo y había que tener mucha paciencia porque debía hacerse a mano. Lucía puso mucha atención en lo que su mamá le iba diciendo. Lo primero que tenía que hacer, era teñir o pintar la lana de distintos colores y para ello necesitaba varias cosas.

Tenía que conseguir dos ollas de barro o de peltre, una para poner el fijador y la otra para teñir. No podía usar ollas de metal porque oscurecen el color del teñido; necesitaba además lana y alumbre o una planta que se llama Eugenia que sirve para que la lana, una vez teñida, no pierda el color. Debía ir también al campo para buscar algunas plantas de las que se pueden obtener diferentes colores. Por último, tenía que juntar mucha leña.
Lucía le pidió permiso a su mamá para ir a conseguir la lana a casa de su abuela. Al llegar, la abuela le dijo que en ese momento no tenía, pero que no se preocupara porque la conseguirían sin problemas. Y así fue: salieron al campo y trasquilaron a uno de sus borregos. Cuando terminaron, Lucía se despidió.

Al llegar a su casa, tomó una olla grande y puso a hervir la lana para que soltara su grasa natural. Después la retiró del fuego y la dejó remojando toda la noche. Al día siguiente, llevaron el jabón porque sabían que la lana tiene que quedar muy limpia para que se pinte bien y brille mucho.

Después la escurrieron y la tendieron afuera de la casa; como el sol estaba muy fuerte ese día, no tardó en secarse. Con mucho cuidado le quitaron las ramitas, le desmenuzaron los chinos y la esponjaron con un cardador, que es como un cepillo de alambre delgado con el que se peina poco a poco la lana hasta que queda lista para hilarse.


Ya que ni Lucía ni su hermana Sebastiana sabían cómo hilar, visitaron otra vez a la abuela para que les enseñara. Mientras platicaba y les iba explicando lo que hacía, hiló toda la lana con su PETET, que es un palo delgado con una bolita aplanada de barro en la punta. Las niñas escuchaban con atención todo lo que la abuela decía y veían como iba convirtiendo en hilo los pedacitos de lana. Con ese hilo Lucía hizo después unas madejas, que son unos atados flojos.

Lucía lavó las madejas y después echó tres puños de alumbre en ocho litros de agua caliente. Cuando se derritió, puso un kilo de lana lavada dentro de la olla, a fuego lento y, sin dejar de mover para que el alumbre se impregnara bien y así los colores que iba a teñir no se desgastaran con el tiempo. Después de una hora sacó las madejas, las lavó sin usar jabón y las dejó secar a la sombra.

Lucía estaba muy contenta pues ya tenía lista la lana. Ahora necesitaba buscar las plantas para teñirla. Se fue al campo junto con su hermana a buscar los colores. Sabían que los podían obtener de distintas plantas: Sebastiana recolectó muchas hojas de durazno para teñir de verde; Lucía encontró barba de león con la que se puede pintar de amarillo. Luego se acordó que su mamá tenía en casa una madera que se conoce como palo de Brasil que, combinado con limón y bicarbonato, podía dar diferentes colores como rosa, rojo y morado. Estos eran colores suficientes para empezar.


Al llegar a casa, cada quien vació las plantas en una olla de barro con agua y, cuando empezó a hervir, metieron en cada una dos madejas y las dejaron ahí durante unas cuatro horas, moviéndolas cada rato para que se tiñeran parejo. Después las dejaron reposar toda la noche y al otro día las enjuagaron varias veces hasta que el agua salió limpia; luego las pusieron a secar a la sombra.

Con las plantas fue fácil teñir, pero con el palo de Brasil fue un poco más complicado, porque se tiene que picar y ponerlo a remojar durante un mes hasta que se pudra. Así lo hizo Lucía y, pasado ese tiempo, utilizó esa agua para teñir la lana de rojo fuerte. Sabía que podía obtener otros tonos, así que echó al agua dos puños de bicarbonato y la lana tomó un hermoso color morado; después puso dos cucharadas de cal y apareció un lila precioso.

Ya habían pasado varias semanas y Lucía seguía tiñendo. Una mañana se fue otra vez al campo a buscar hojas frescas de sacatinta. Las remojó durante ocho días y obtuvo un color azul oscuro; luego añadió jugo de limón y el agua se volvió morada. También sabía que poniéndole cal tenía color rosado. Lucía usó además muchas otras plantas para pintar la lana, como la flor de muerto, el palo de alizo, los frutos de cinco negritos, la zarzamora, el fruto del palo de mula y el musgo. También utilizó un animalito que crece en el nopal y que se llama cochinilla, del cual obtuvo un rojo intenso. Cuando toda la lana estuvo hilada y teñida fue con su mamá para que le dijera cómo empezar a tejer.

Lo primero que hicieron fue mojar hilos de algodón en agua de masa para endurecerlos. Cuando estuvieron listos, los acomodaron en una forma parecida a la de las telarañas sobre la cual tejerían el huipil con los hilos de lana. Montaron la telaraña en el telar de cintura; éste se llama así porque un extremo se amarra a la cintura de la tejedora y el otro, a un árbol o a una columna.

Lucía aprendió a tejer viendo cómo lo hacía su mamá. Después ella sola siguió trabajando en su telar de cintura durante muchos meses. Un día, la abuela fue a su casa y le dio mucho gusto verla tejer; como lo hacía muy bien, le dijo que le enseñaría a hacer los dibujos de un huipil de fiesta.


La abuela le explicó que los dibujos de un huipil representan todo el universo; cada dibujo quiere decir algo distinto. Hay muchas figuras diferentes; por ejemplo, todos los rombos juntos representan el cosmos, mientras que cada rombo por separado es un mundo en el que encontramos al cielo, a la tierra y al inframundo. Otras figuras nos muestran al sol que nos acompaña cada día en su viaje de oriente a occidente y nos dice cuándo sembrar y cuándo cosechar.

¡Por fin!, después de tanto tiempo y tanto trabajo, Lucía terminó su huipil. Se sentía orgullosa de haberlo elaborado. Le había quedado precioso con sus pequeños dibujos de granos de maíz y frijol amarillo y negro. A lo largo del huipil se veían las estrellas que nos iluminaran el camino cuando el sol descansa.

Fuente: INI, Lucía y su huipil. Relato tzeltal, México, 1992.