COLIMA

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Tradiciones

- Manzanillo: de puerto de cabotaje
a puerto de altura -

A principios del siglo XIX, Manzanillo era un puerto de cabotaje, es decir, que sólo recibía embarcaciones pequeñas. En 1825 lo convirtieron en puerto de altura, lo que significó que podía recibir grandes embarcaciones. Sin embargo, la falta de caminos hacia el puerto hizo que en 1836 los comerciantes de Tepic y Guadalajara protestaran y pidieran que fuera cerrado.

En 1838 México sostuvo una guerra con Francia, la llamada guerra de los pasteles, y los puertos de Acapulco, Veracruz, Mazatlán y Tampico fueron bloqueados, por lo que Manzanillo volvió a ser puerto de altura. Hacia 1845 los franceses quitaron los bloqueos de los puertos, pero como los comerciantes de Tepic preferían el puerto de San Blas, el puerto fue cerrado.

En 1847 los Estados Unidos de América invadieron el territorio mexicano y los buques alemanes que llegaban a Mazatlán no pudieron desembarcar por lo que se reabrió el puerto de Manzanillo. Fue por ello que el primero de mayo de 1848, el Presidente de la República, Manuel de la Peña y Peña, expidió un decreto para que Manzanillo estuviera abierto al comercio exterior e interior y se estableciera una aduana.

Pero no fue sino hasta 1950 que Manzanillo pasó a ser un puerto de altura y actualmente es uno de los puertos más importantes del pacífico.

Mitos

- El imperio encantado de Ixtlahuacan -

Un día muy soleado, un joven fue a pastorear a sus chivas. Como a las once de la mañana se le ocurrió subir a una loma para vigilar desde la altura a sus animales. Desde allí arriba se podía observar el pueblo de Ixtlahuacán y el joven se distrajo. "¿Dónde está mi casa?", pensó". "Ah, es esa azul".

En eso estaba cuando oyó un ruido. Volteó a su derecha. Era una muchacha muy bonita, de ojos azules y pelo rubio, tan bonita que daba la impresión de ser una reina. Mudo de asombro, el joven no pudo moverse. Entonces la muchacha habló, con voz que parecía una mezcla del canto de una sirena con el silbido de una serpiente.

-No tengas miedo -dijo ella-.

No te voy a hacer nada, sólo quiero que me ayudes.

-¿Cómo puedo hacerlo? -contestó el joven.

-De manera muy sencilla. Mira, yo soy la reina del imperio de Ixtlahuacán, pero mi imperio ha sido encantado. El encanto se rompe si me llevas sobre tus hombros hasta la puerta de la iglesia. Si haces eso, tú serás mi esposo y el rey del imperio.

El joven se puso a pensa un rato y finalmente aceptó.

-¡Qué bueno! -exclamó la muchacha -, pero antes debo advertirte una cosa: no debes voltear a verme en todo el camino, hasta llegar a la puerta de la iglesia. No prestes atención a nada de lo que te diga la gente. El joven subió a la muchacha sobre sus hombros y tomó el camino que llevaba al pueblo. Al llegar a las primeras casas, las personas que se cruzaban con él se alejaban y se quedaban viéndolo con cara de susto.

-¿A dónde vas con esa víbora enredada en el pescuezo? -le gritó un niño.

El joven pensó que se trataba de una broma y siguió su camino. Sin embargo, otras personas le dijeron lo mismo más adelante. El joven empezó a sentir miedo y curiosidad, sobre todo curiosidad. Cuando le faltaban pocos metros para llegar a la iglesia no pudo resistir la tentación y volteó a ver. Vio una víbora gigantesca que lanzó silbidos agudos mientras sacaba la lengua amenazadoramente. Con un rápido movimiento, el joven la desprendió de su cuello y la arrojó lo más lejos que pudo. Al caer, el animal desapareció.

Es por eso que el imperio de Ixtlahuacán no se desencantó.

Cuentos

- Macario -

Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos...

Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como los ojos de los gatos. Ella es la que me da de comer en la cocina cada vez que me toca comer. Ella no quiere que yo perjudique a las ranas. Pero, a todo esto, es mi madrina la que me manda hacer las cosas... Yo quiero más a Felipa que a mi madrina. Pero es mi madrina la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa compre todo lo de la comedera.

Felipa sólo se está en la cocina arreglando la comida de los tres.

No hace otra cosa desde que yo la conozco. Lo de lavar los trastes a mí me toca. Lo de acarrear leña para prender el fogón también a mí me toca. Luego es mi madrina la que nos reparte la comida. Después de comer ella, hace con sus manos dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí. Pero a veces Felipa no tiene ganas de comer y entonces son para mí los dos montoncitos. Por eso quiero yo a Felipa, porque yo siempre tengo hambre y no me lleno nunca, ni aun comiéndome la comida de ella.

...Cuando me llama a comer, es para darme mi parte de comida, y no como otra gente que me invitaba a comer con ellos y luego que me les acercaba, me apedreaban hasta hacerme correr sin comida ni nada. No, mi madrina me trata bien. Por eso estoy contento en su casa. Además, aquí vive Felipa, Felipa es muy buena conmigo. Por eso la quiero...

Mi madrina no me regaña porque me vea comiéndome las flores de su obelisco o sus arrayanes o sus granadas. Ella sabe lo entrado en ganas de comer que estoy siempre. Ella sabe que no se me acaba el hambre. Que no me ajusta ninguna comida para llenar mis tripas aunque ande a cada rato pellizcando aquí y allá cosas de comer.

Fuente: CONAFE, Costal de versos y cuentos, México, 1996.