DURANGO
Tradiciones- Un estado muy especial -
Durango, tierra pródiga en recursos naturales y humanos, se encuentra asentada en el corazón de México. Es una entidad llena de contrastes con un tinte provinciano y con majestuosos escenarios naturales que le han dado renombre a nivel nacional e internacional, conociéndose como "La Tierra del Cine" desde hace mas de 40 años, ya que sus colinas, praderas, peñascos y cañadas han servido de fondo para numerosas películas de vaqueros y del lejano oeste. Estaciones de ferrocarriles, casas de madera, granjas y ranchos han sido instalados para la filmación de más de 120 películas.
Entidad legendaria, ha dado un aporte vigoroso a la historia del país en todos los campos; es cuna de notables personajes como el caudillo revolucionario Francisco Villa, Guadalupe Victoria -el primer presidente de nuestro país-, Francisco Zarco, Silvestre Revueltas y José Revueltas, Dolores del Río, entre muchos mas.
En Mapimí se encuentra el puente colgante mas grande de Latinoamérica. En esta entidad del norte del país, existen infinidad de contrastes geográficos, donde se puede apreciar desde una hermosa zona montañosa a más de dos mil metros sobre el nivel del mar; majestuosas caídas de agua o lagunas; la región semi-desértica o el desierto mismo, como la zona del silencio; caprichosas formas rocosas delineadas con el paso del tiempo y que invitan a ser visitadas como las grutas de la región lagunera; las piedras encimadas de "mexiquillo" que semejan gigantes; balnearios y centros vacacionales con brotes naturales de agua sulfurosa; lugares que antaño fueron escenarios de batallas entre indígenas tepehuanos y los colonizadores, de los cuales existen vestigios en cuevas con pinturas rupestres.
Mitos- Cuando el río suena -
Cuentan que hace mucho tiempo hubo una asamblea para decidir cómo debería ser el río. Cada quien explicó cómo lo quería.
-Para mí, tendría que ser rápido y frío -dijo la trucha-. Sólo así puedo vivir a gusto.
¿Cómo lo haremos? -dijo la carpa. Pues yo necesito que sea lento para poder depositar mis huevecillos sobre las plantas que viven en agua tibia.
-No se preocupen -dijo el pato- el río es muy largo y en su camino hacia el mar podemos hacer que corra más rápido en algunos lugares y lento en otros. Además, yo necesito que tenga pozas donde pueda bucear, porque me alimento de plantas y semillas que están en el fondo.
-¡Yo también, yo también! -se oyó una voz grave del ajolote- porque me encanta meterme en el fondo lodoso y tibio, en donde juego con mis hijitos.
La libélula se acercó cantando. -¿De qué hablan? -preguntó.
La tortuga levantó lentamente uno de sus párpados y le contestó:
-A ti, ¿cómo te gustaría que fuera el río? Porque yo necesito que haya peces con qué alimentarme.
La libélula, puliéndose las alas replicó: -Hagan lo que quieran con el río, pues aunque yo tomo oxígeno del agua, puedo hacerlo al vuelo aun en las corrientes más fuertes. Yo no me mojo ni me hundo, además, soy de los insectos más veloces del mundo.
-¡Qué presumida! -dijo la grulla-. Yo soy mucho más interesante y bella, por eso necesito que el río tenga aguas claras para poder disfrutar viendo mi imagen reflejada en ellas.
El mapache dijo: -Como yo soy el más viejo y conocedor y vivo comiendo pescados para mantener quieto mi estómago, les daré un consejo: un río debe tener curvas y remolinos, correr lentamente por algunos lugares y velozmente por otros; ser profundo a veces y otras no tanto. Su fondo debe ser variado, con rocas, con arena y hasta con lodo. Sus aguas deben entibiarse en los remansos.
Así, el río que imaginaron sería tan variado a lo largo de su camino que cada animal podría encontrar lo que necesitaba para vivir.
La sabia naturaleza se lo concedió.
Cuentos- Luces entre los Alamos -
En una pequeña casa, muy cerca de un bosque de álamos, vivían Gabriela y sus hijas Julia y Rosario.
Una noche cuando terminaban de cenar, las llamas de las velas parpadearon como si alguien soplara sobre ellas.
-Mamá, ¿qué pasa? -preguntó Julia.
-Debe ser el viento -respondió Gabriela.
De pronto se oyeron suaves golpes en la puerta al mismo tiempo que las velas se apagaron.
-Tengo miedo -dijo Rosario, la menor de las niñas.
Después, se oyeron más golpes, pero esta vez fueron sobre el cristal de la ventana.
Gabriela se puso de pie y a pesar de su gran miedo miró hacia fuera, pero no había nadie sólo unas luciérnagas.
Preocupada por lo sucedido la noche anterior, al otro día Gabriela salió con sus hijas dispuesta a pedir posada al más cercano de sus vecinos, cuya casa se encontraba al otro lado del bosque.
En el camino un grupo de luces empezó a dar vueltas alrededor de las niñas, que soltaron la mano de su mamá para correr detrás de ellas.
-¡Julia, Rosario, vuelvan acá orita mismo -gritó Gabriela, pero las niñas no se detuvieron.
Gabriela siguió caminando por donde había desaparecido. Al llegar al centro del bosque de álamos, escuchó voces y risas. A lo lejos, vio moverse una luces entre los troncos de los árboles, al acercarse se sorprendió al ver a las niñas muy cerca de varios duendes, que tomados de las manos giraban alrededor del álamo mas viejo.
Al darse cuenta de su presencia los duendes dieron una palmada y desaparecieron entre chispas de luz verde y roja.
Días después las niñas regresaron al mismo lugar, pues por las noches se formaba una corona de luces. Se les ocurrió cavar en ese sitio y ¡qué sorpresa se llevaron al encontrar un arcón lleno de monedas de oro!
Fuente: CONAFE, ¡Que me siga la tambora!, México, 1996.