GUERRERO
Tradiciones- La historia de mi pueblo -
El pueblo se llama Acapetlahuaya, que en náhuatl se dice Acapetlaoayahuiti y que quiere decir lo siguiente: acatl, carrizo; petla, tendido; oaya, pantano o neblina. Es decir, "carrizo tendido sobre el pantano", porque antes de que se fundara el pueblo había un pantano en medio del carrizal.
En el año de 1957 se llevó electricidad al pueblo. Cuando no había luz, la gente se alumbraba con pedazos de ocote y cuando todavía no había carretera las cosas se transportaban en animales. La carretera del crucero al pueblo la hizo un sacerdote que se llamaba Silvestre Villalobos con la ayuda de gente de las comunidades cercanas al pueblo.
Antes, la gente se vestía con calzón y camisa de manta, las mujeres se ponían vestidos de percal que se hacían aquí mismo. Ha habido un gran cambio en costumbres, la religión, etc. Ahora las casas son de tabique o ladrillo, unas casas tienen azotea pero la mayoría son de teja. Las de antes eran de paja con lodo. La mayoría tiene luz, unas que otras se alumbran con candiles. El pueblo ya cambió mucho.
Mitos- La bruja triste -
Cuentan en el rancho El Centro, que hace tiempo se aparecían brujas convertidas en animales, quienes esperaban que alguien pasara por los caminos para chuparle la sangre.
Por esa razón nadie salía después del atardecer. Sólo había un señor que no creía en eso; vivía en la orilla del rancho con su nieto de tres años que lo acompañaba a todas partes. Era frecuente que los dos se quedaran varios días en el cerro para cuidar el ganado. Allá se instalaban junto a un árbol y al caer la oscuridad dormían sin preocuparse por brujas ni aparecidos.
En una de aquellas ocasiones llegaron al monte cuando empezaba a caer la noche, y al poco rato el niño se durmió. Luego de cobijarlo, el señor fue a buscar leña. Ya se había alejado bastante cuando oyó un fuerte grito de mujer que provenía del lugar donde estaba su nieto, así que regresó corriendo por él.
En el árbol más cercano al niño había una lechuza de ojos muy brillantes y apariencia terrible. Al verla, el señor le lanzó una piedra para asustarla, pero en lugar de hacerlo, el animal se aproximó al pequeño. Entonces el hombre abrazó a su nieto y empezó a rezar viendo a la lechuza a los ojos. De pronto, ésta se quedó quieta y cayó del árbol.
El hombre continuó la oración y el animal se revolcó en el suelo hasta convertirse en una muchacha que vivía en el rancho.
-Por favor, no le cuente a nadie mi secreto -suplicó la bruja.
-Sólo si me prometes no acercarte a nosotros -dijo el señor.
Aunque el hombre nunca reveló el nombre de la muchacha, sí le platicó a los vecinos que había visto a una bruja y que era una mujer que todos conocían.
Desde entonces, en ese árbol se escuchan tristes lamentos de mujer; dicen que es la bruja que llora porque hay alguien que conoce su secreto.
Cuentos- Los pastores de la montaña -
La montaña de Guerrero es muy abrupta. A ello se debe que se encuentren varias comunidades salteadas, a lo largo del accidentado terreno. Aquí, las familias viven de trabajar la tierra, elaborar artesanías y también de la cría de chivos.
La familia de Eustaquio está formada por su mamá, su papá, tres hermanos y el abuelo. De todos ellos, es Eustaquio, que tiene 10 años, el encargado del rebaño. El disfruta mucho de este trabajo porque sale al campo, juega y se divierte con los animales.
Una vez, su abuelo le contó que los chivos habían llegado a Guerrero hacía mucho tiempo. Igualmente le dijo que existían diferentes tipos, unos más finos que otros. A los chivos que su familia tiene se les llama "criollos" que son los más resistentes al clima y a las condiciones naturales de la montaña.
Esto no quiere decir que los animales no se enfermen. Por ello, Eustaquio tiene que estar al pendiente para que no tengan parásitos en la panza; cuidarlos de los murciélagos, que pueden transmitir la rabia; quitarles los piojos, que producen fiebre, diarrea y tos.
Cuando no hay pastos cercanos a la comunidad para alimentar a los animales, se juntan varios pastores y se van algunos días a la montaña. Ahí los animales comen plantas como huizache, nanche, cuajilote, espino prieto, huajes y algunas cactáceas. Una vez al mes les dan sal, para que tengan buena digestión.
Como buen pastor, Eustaquio sabe comunicarse de diferentes maneras con sus chivos. Por ejemplo, si se alejan demasiado los llama con chiflidos; cuando los arrea les dice varias veces: "¡Jena, jena, jena!"; y en momentos de peligro, les grita muy fuerte. Además cuenta con la ayuda de un gran amigo, su perro llamado Solovino, que cuida muy bien a los animales.
Una vez, cuando regresaba del pastoreo, después de una tormenta, se puso a contar a sus animales y se dio cuenta de que le faltaba uno. Desde entonces, siempre le cuelga un cencerro al "Pinto", que es el chivo más listo del rebaño. El cencerro es como una campana muy ruidosa, que sirve para que los animales sepan a donde ir y que el pastor, como Eustaquio, pueda localizarlos cuando es de noche o está oscuro.
Eustaquio ha visto nacer muchos chivos, y por eso sabe reconocer cuando la hembra va a parir. Incluso, algunas veces les ha ayudado a salir, jalando a los chivitos de sus patas. Después, le gusta mirar por mucho tiempo como el chivato mama la leche de su madre.
Una mañana, el niño cuidaba a sus animales y vio que un águila volaba insistentemente por encima de ellos. Se asustó mucho y fue corriendo a avisarle a su papá. Pero cuando regresaron, ya faltaba un chivato, se lo había llevado el águila.
En la montaña existen otros peligros para los chivos de sus pastores: la picadura de las víboras, las desbarrancadas en profundos desfiladeros, los ataques de los coyotes y las frías noches de invierno, que pueden provocar la muerte de los animales.
Mientras los animales comen en el campo, Eustaquio juega con ellos: los monta, se les esconde, los llama con diferentes sonidos, o también, juega con Solovino. Otras veces, le gusta leer, revisa sus tareas de la escuela o teje sombreros con fibra de palma.
En las ocasiones en que se juntan varios pastores con sus rebaños, se distraen entre ellos recordando algunos cuentos que les relataron sus abuelos. Uno de ellos dice así: "Una vez, el pastor que regresaba a casa con su rebaño, notó que le faltaba un chivo. Mientras tanto, muy lejos de ahí, el coyote se encontró al chivito perdido, pero como éste se encontraba enfermo, no quiso comérselo y lo engañó para que lo llevara a donde estaba el rebaño: Pobre chivito mío, te voy a llevar con tu rebaño. Dime dónde está -le dijo el coyote, pensando sólo en devorar un chivo sano-. Al llegar a la casa del pastor, el chivo, que era muy listo, le hizo una señal a su dueño como aviso de peligro. Entonces, el pastor mató con su escopeta al mentirosos coyote."
En el pueblo donde vive Eustaquio los chivos son muy apreciados, porque ofrecen muchos beneficios. Sus estiércol lo usan como abono para los cultivos; su piel, la venden o la utilizan para hacer correas, bolsas u otros objetos; su cuero sirve para transportar aguamiel, y con la carne, preparan sabrosos caldos y barbacoas para sus fiestas.
A Eustaquio, por ser chivero, le gusta mucho la danza que trata de los cuidadores de rebaños, llamada la Danza de los Pastores o la Danza de los Vaqueros. En ella se representa a uno de los animales más temidos por los pastores, a los chivos y a otros animales.
En la danza participan cuatro viejitos, los cuales, armados con rifles y acompañados por sus perros, bailan alrededor de un tigre o Tecuán que se encuentra en el centro. Mientras los viejitos danzan, van llamando uno por uno a diferentes animales como el tejón, el jabalí, el chivo o el venado. Cuando alguno no aparece, salen a buscarlo, y si encuentran al tigre atacándolo, de inmediato lo matan. Después continúa el baile. Así es como se representa el aprecio que los pastores le tienen a sus animales y lo que hacen para protegerlos.
Fuente: INI, Los pastores de la montaña. Relato de niños tlapanecos, México, 1992.