MORELOS
Tradiciones- Cuautla, Heroica e histórica -
Desde su natal Cuautla, Antonio Aragón nos escribe:
Ahora quiero hablarles del lugar donde vivo: Cuautla, Morelos.
¡Qué lindo se oye!, ¿verdad? Pues, como se oye, esta heroica e histórica ciudad es muy conocida por sus balnearios. Su gente es muy amable. Nos gusta a nosotros jugar mucho fútbol, ya que contamos con una cancha en la colonia; nos divertimos mucho cuando jugamos cascaritas por las tardes. ¡Qué padre! A veces jugamos beisbol, pero muy poco.
Cuando estamos de fiesta aquí en este lugar, se tocan instrumentos como tambor, flauta, trompeta, y algunos más. ¿A que no saben para qué? Pues para bailar, o brincar el chinelo, ¡claro! muy tradicional en Morelos. Muy alegres que nos pasamos con estas tradiciones.
Aquí, yo creo que la comida regional es la barbacoa, los sopes y los chilaquiles; eso se come mucho aquí. A mí me gusta ir a pasear a los balnearios cercanos como el de Oaxtepec. Los cuentos que me platican son los de la Revolución, ya que mi abuelito vivía en ese tiempo; acá le tocó ver al general Emiliano Zapata, en tiempos donde también dicen que después de su muerte, venía para acá porque le gustó el lugar.
Quiero platicarles también que están remodelando el zócalo del municipio y que, cerca de mi casa, están perforando un pozo para el agua potable de la colonia. Bueno, no teniendo más que contar, se despide y los saluda su amigo: Antonio Aragón G.
Mitos- La noche de las estrellas -
Hace mucho tiempo, en un pueblo que no está cerca, ni lejos, sino mucho más allá, vivía un señor al que no le gustaba la noche.
Durante el día, a la luz del sol, el señor disfrutaba tejiendo sus cestas, cuidando sus animales y regando su huerto. A veces, mientras descansaba, se ponía a cantar. Pero cuando el sol se ocultaba detrás de la montaña, el señor al que no le gustaba la noche se entristecía. Todo a su alrededor se iba poniendo gris, oscuro y negro.
-Otra vez la noche, ¡fastidio con la noche!
El señor guardaba sus animales, recogía las cestas, encendía la lámpara y se encerraba en su casa. A veces, se asomaba por la ventana, pero no había nada que ver en la noche negra. Entonces, apagaba la lámpara y se acostaba a dormir. Una tarde, cuando el sol ya desaparecía, el señor decidió subir a la montaña. La noche venía tapando el cielo azul. El señor escaló hasta la punta del cerro más alto y desde allí gritó:
-Mira, noche. Párate. Y la noche paró un momento.
-¿Qué pasa? -preguntó con una voz suave y ronca.
-Noche, tú no me gustas. Cuando tú llegas, se va la luz y se van los colores. Sólo queda la oscuridad.
-Tienes razón -respondió la noche.
Así es. -Dime, ¿a dónde te llevas la luz?
-Bueno, la luz se esconde detrás de mí. No puedo hacer nada. Lo siento. Y la noche terminó de estirarse y tapó de negro todas las cosas.
El señor bajó de la montaña y se acostó a dormir. Pero no pudo dormir. Recordaba su conversación con la noche. Al día siguiente trabajó muy poco pensando y pensando en las palabras de la noche. Y esa tarde, cuando la luz volvió a desaparecer, dijo:
-Ya sé lo que tengo que hacer.
Subió una vez más a la montaña. La noche era un inmenso toldo negro que lo cubría todo. Cuando llegó hasta la punta del cerro más alto, el señor se empinó, alzó su mano y hundió su dedo en el cielo negro. Un agujerito se abrió y brilló un puntito de luz.
El señor al que no le gustaba la noche se puso contentísimo. Abrió agujeritos por todas partes y en todas las partes brillaron puntitos de luz. Maravillado, apretó la mano, y de un golpe metió el puño. Asomó una luz grande y redonda como una toronja. La luz que se escapaba por los agujeros de la noche bajó por la montaña, y un brillo tenue y plateado iluminó los campos, las casas, la iglesia y la plaza.
Cuentos- El coyote y el tlacuache -
Así sucedió: había una cueva y el Tlacuache tenía las patas apoyadas sobre la pared.
Entonces llegó el Coyote:
-¿Qué haces, Tlacuache?
-Nada, estoy atrancando el campo del cielo que va a hundirse y si se cae, nos tapa. Ves, amenazan hundirse todas las cosas que hay en el mundo. Ayúdame, para que no nos tape.
El Coyote se tendió, teniendo las piernas hacia arriba.
-Haz fuerza, voy a traer un puntal. Haz fuerza y aprieta, voy a traer un puntal.
Entonces el Tlacuache se puso de pie y se fue. No regresó.
El Coyote desesperaba. ¿Cuándo volverá ése que fue a buscar el puntal?
Después de esperar mucho tiempo, se dio valor y saltó con violencia a un lado, escapando luego a todo correr. Cuando volvió la cara, vio que no había sucedido nada.
Fuente: CONAFE, Costal de versos y cuentos, México, 1996.