OAXACA
Tradiciones- Don Rómulo, el curanedero -
Doña Leonor vive en una pequeña localidad de la sierra Mazateca. Ahí las montañas son tan altas y empinadas que parece que los pueblos cuelgan de sus laderas.
En este lugar abundan árboles, flores, ríos y cascadas. Se respira humedad y vida. También se encuentran animales como venados, víboras, pájaros, ranas, mariposas, entre muchos otros.
Un día, doña Leonor se sintió muy enferma. Tenía muchas cosas que hacer, pero le dolían los huesos y le raspaba la garganta. Se sentía tan mal que en toda la mañana no pudo pararse de su petate. Su hija Rosa, preocupada, le preparó un té y le dijo que si no se mejoraba al día siguiente, tendría que ir con don Rómulo, el curandero.
Ya era otro día y la mamá de Rosa no sentía alivio alguno. Entonces, muy temprano, llenó un guaje con agua, se puso su rebozo en la cabeza para protegerse del sol y se fue temprano a ver al curandero.
Ella sabía que el camino era pesado, pues tendría que caminar más de media hora por una vereda del monte. Don Rómulo vivía en una cañada lejana, en las orillas del pueblo. Cuando doña Leonor llegó estaba muy cansada y con fiebre. Sin embargo, tuvo que esperar su turno, ya que a don Rómulo lo venían a ver muchas personas de lugares alejados, a las que no les importaba esperar, pues confiaban en él y tenían la esperanza de que los curara.
Esa vez, uno de los pacientes de don Rómulo fue un señor que se había herido el pie con una astilla y le dolía bastante. El curandero revisó la herida y se dio cuenta que estaba infectada, así que le dijo: "Usted tiene una enfermedad caliente y necesitamos plantas frías para curarlo". Don Rómulo lavó muy bien la herida, la apretó tan fuerte que el señor se puso rojo del dolor. Después, colocó sobre la herida hojas de begonia y suculenta, que son unas plantas llenas de jugo curativo. Le vendó el pie y le recomendó que se lavara las heridas y se cambiara la venda hasta que estuviera bien.
Otra persona que fue a consultar al curandero, era una muchacha que se había caído al río hacía una semana. Ella le platicó que se sentía muy nerviosa y enferma. Don Rómulo le hizo varias preguntas y le pidió que se acostara sobre el petate. La examinó cuidadosamente, tocándole el estómago con detenimiento. Finalmente le dijo: "Lo que tú tienes es un susto". El curandero le explicó: "Mira muchacha, hay enfermedades que pueden empezar con un susto como el que tuviste al caer en el río. La gente se puede poner muy mal, pero tú no estás tan mala, te pondrás bien muy pronto, no te preocupes". Don Rómulo le pidió a su nieto que cortara hierba del susto y tulipanes.
Ese día pasó una señora muy gorda que le contó a don Rómulo que se sentía muy mal de todo el cuerpo, que no estaba en paz por dentro, no podía dormir bien y tampoco tenía hambre. El curandero la examinó, le tocó el estómago, le revisó los ojos y, en tono serio, dijo: "Usted lo que tiene es mal de ojo". La señora se asustó, pero don Rómulo la tranquilizó, diciéndole que había remedio para esas enfermedades. Entonces, el curandero salió a cortar hierba de Santa María, sauce y cartucho alcatraz. También trajo un huevo del gallinero. Tomó todas las plantas junto con el huevo, y las pasó por el cuerpo de la mujer, mientras decía unas oraciones. Al terminar, le dijo: señora, con esta limpia se va a curar, que le vaya bien".
Otro paciente fue un muchacho con un brazo roto. Don Rómulo le preguntó que cómo le había ocurrido y desde cuándo. El joven le contestó que se lo había apachurrado con una piedra grande, hacía cuatro horas y que le dolía muchísimo. El curandero le comentó que su brazo no se veía tan mal y que estaría bien en tres meses. Don Rómulo palpó el brazo para ver si el hueso estaba desacomodado, y por fortuna tenía la posición correcta. Así que empezó inmediatamente la curación: con hierba de estafiate y hoja de huevo envolvió la parte fracturada y la entablilló, utilizando pedazos de tela y madera, para que no se moviera.
¡Por fin tocaba su turno a doña Leonor! Pero ella se había quedado dormida por lo cansada y enferma que iba. Don Rómulo la despertó y la invitó a pasar; escuchó con atención sus malestares y después la examinó. Al terminar, el curandero le dijo: "usted tiene resfriado mal cuidado, además, trabaja mucho y come mal". Luego, el curandero sacó de unas bolsas, hierbas maestras, estafiate, saúco y flor de Santa María. Después, se las dio a doña Leonor, diciendo: "Su enfermedad es fría, con estas hierbas que son calientes se curará. Hiérvalas y tome el agua todos lo días, hasta que se cure, descanse unos días y coma aunque no tenga hambre". Doña Leonor se despidió y se fue a su casa. Doña Leonor se puso bien a los pocos días.
Cuando se sintió fuerte regresó a ver a don Rómulo con dos gallinas para pagarle por haberla curado. Como doña Leonor era muy curiosa, le preguntó a don Rómulo por qué había escogido ser curandero.
El contestó: "Fíjese señora que yo no lo escogí, yo nací con poderes para curar y por eso tengo que servir a la gente".
Mitos- Benito constructor -
Al sureste de esta población de Santa María Cuquila, hay un cerro llamado Cerro del Tigre. Hace muchísimo tiempo, ese cerro era una selva donde vivían el águila de dos picos, el gavilán, el pájaro azul, el gaviluchi, el pájaro carpintero, el tecolote, el chugón, el zopilote, el tigre, el león, el coyote, el zorro, el cola pinta, el tlacuache, el conejo, la liebre y el gato montés.
Al pie de esta gran selva pasaba un camino de herradura por donde viajaban los arrieros llevando sus bultos y, encima, sus canastos. Si los arrieros no sabían, o se descuidaban al pasar por la selva, el águila de dos picos se trepaba en los canastos y se llevaba las cosas que tenían dentro: sal, chile, carne seca, maíz, café, coco. Todo desaparecía.
Bueno, pues hace aproximadamente ocho siglos, vivía en ese cerro un cacique de nombre Benito, con su hermana María. El señor Benito era albañil de oficio y su hermana, cocinera. Vivían allí a gusto porque había muchos animales.
El hermano y la hermana tenían el poder de llamar a las piedras y canteras de distintos tamaños, y ellas venían solas y se arrimaban para la construcción del cerro que el señor Benito quería hacer llegar al cielo.
El albañil se apuraba mucho en su trabajo y, de tanto en tanto, bajaba a comer. Resultó que un día no encontró a su hermana que siempre le servía la comida. Tomó la cuchara y la metió en la olla. Después lamió la cuchara y, en ese momento, volaron dos pedazos de cerro. La mitad cayó hacia San Martín Huamelulpan, entre Tlaxiaco y Yucuda. Esta distancia es de treinta kilómetros con las mismas piedras, los mismos matorrales y las mismas tierras. La otra mitad del cerro se encuentra en San Domingo de las Nieves, como a 55 kilómetros al norte de esta comunidad, y tiene las mismas piedras, los mismos matorrales y las mismas tierras.
El señor Benito se fue rumbo a Tlaxiaco y, allí donde descansaba, iba poniéndole nombre a esa parte del cerro. En su primer descanso, dejó la huella de su asentadera sobre una roca; como le dio sed, picó tres veces el suelo con su bastón y brotó agua. Dijo: -Aquí te bautizo Pozo de la Cruz.
Caminó cuatro kilómetros y llegó a una ciénega. Quiso descansar y no pudo porque olía a ayoquea. Dijo: -Te dejo por nombre Ciénega Ayoqueosa.
Caminó otro kilómetro y llegó a una lomita. Se sentó a descansar y dijo:
-Te llamaré por mi nombre Loma la Cruz de San Benito.
Siguió caminando. Iba a entrar en una cabaña cuando oyó música, cohetes y voces. Eran personas que venían a alcanzarlo porque sólo él faltaba de dar su opinión sobre cómo se construía la iglesia de Tlaxiaco. Al oír la bulla de la gente, el señor Benito desvió su camino, porque le dio vergüenza estar vestido con un capisayo tejido con fibra de coco.
Cuando la gente se regresó, él ya estaba en el lugar donde muchos caciques estaban haciendo la cimentación de la iglesia. Pero los cimentos no amacizaban porque en ese lugar brotaba agua. Entonces, el señor Benito, señaló con su bastoncito por dónde iba el agua y ya pudieron seguir trabajando.
Luego escogió el señor Benito cuatro caciques nobles y colocó uno en cada esquina del templo y les dijo:
-Aquí lo detienen hasta que amacice.
Los demás albañiles echaban piedra y mezcla, de modo que los cuatro se quedaron para siempre allí. Así fue terminada la iglesia de Tlaxiaco.
Mientras, la señora María se fue por otro camino y ella también iba poniendo nombre a los lugares por donde pasaba. En un cerro dejó su tenate y le puso de nombre Cerro del Tenate.
Enseguida brincó a un cerrito que llamó Cerro del Brinco. Se fue caminando y llegó a un pocito de agua. Dijo: -No te voy a bautizar, te quedas sin Nombre.
Luego llegó al pie de una cueva y allí dejó su zoyate. Nombró al lugar del Cerro del Zoyate. Caminó más o menos quinientos metros y quiso volar, pero no pudo. El cerro se llamó No Pudo Volar.
Siguió caminando y llegó la señora María adonde nacía mucho agua.
Empezó a cantar:
-Me voy, me voy, pero tendré que regresar. Tendré que estar, que estar al tanto en la cocina, cocina. Tanto cocina el pobre como el rico. No debo faltar porque por mi culpa mi hermano echó a perder su trabajo, el trabajo del que íbamos a vivir a medio cielo, y nuestras aves y carnívoros nos iban a cuidar.
Así cantó y se metió al agua que corría hasta la costa. Se dice que doña María regresará algún día de ese lugar que se llama Río Cantante.
En la punta del Cerro del Tigre -que tiene unos seiscientos metros de altura- hay una casita enterrada con dos ventanas de pura piedra. A quinientos metros, hay otras dos casas y ruinas con matorrales, algunos sembradíos y una gran figura de piedra como de tres metros y medio, de una sola pieza. ¿Será la del señor Benito, constructor de cerros?
Cuentos- La banda -
Muy buenas tardes, mi nombre es Humberto García y soy el director de la banda de esta comunidad. En nuestra banda tocamos muchas personas, ahora voy a pedir que se presente cada músico con su instrumento.
Yo me llamo Zenón Morales y el instrumento que toco es el BAJO, tiene forma de trompa de elefante, es de metal y suena como si fuera un toro. El bajo es importante porque lleva el ritmo de los demás instrumentos.
Yo soy Eladio Ambrosio y junto con Juan tocamos las TROMPETAS que tienen forma de culebra, están hechas de fierro y suenan como un coyote. Son las encargadas de llevar la melodía.
Yo me llamo Zacarías Martínez y con Alejo Yesecas tocamos el CLARINETE, que es un instrumento hecho de madera y un poco de fierro. Parece una caña negra que se oye como un gato. Los clarinetes en la banda también llevan la melodía.
Mi nombre es Antonio González, yo toco el SOPRANO, es un instrumento hecho de fierro, se parece a un palo y suena como un becerrito. El soprano acompaña las partes fuertes de la música.
Yo me llamo Luis González y con mis compañeros Filemón, Miguel y Luis Bautista tocamos el SAXOFON, que está hecho de metal, tiene la forma de una raíz chueca y suena como un venado.
Yo soy Ignacio Reyes, toco los PLATILLOS, que están hechos de fierro, parecen unas enormes tortillas y se oye como si cayera un gran rayo.
Soy Humberto y junto con Pablo tocamos los TROMBONES, están hechos de metal, parecen un bejuco y suenan como un burro. Los trombones van contracantando con el clarinete y la trompeta.
Mi nombre es Lorenzo González, yo toco el instrumento más grande de la banda: la TAMBORA, que está hecha de cuero y fierro, suena como el corazón y parece un canastote de bejuco.
Yo me llamo Agustín Reyes y toco la CAJA, que es un tambor hecho de fierro y cuero. Parece una cazuela y suena como cuando corren los caballos. Ya conoces a todos los músicos e instrumentos de nuestra banda, ahora, ¿te gustaría conocer una de las fiestas más grandes de San Cristóbal Lachirioag? Pues fíjate bien.
La fiesta es en noviembre y se hace para celebrar a San Cristóbal, que es el patrón del pueblo. Empieza en la iglesia, en donde se junta muchísima gente y nuestra banda toca con gusto, durante nueve noches seguidas.
La comunidad hace promesas, que son regalos para la fiesta, como velas, flores y animales. La banda tiene que ir por todo el pueblo, toque y toque, de casa en casa recogiendo todos estos regalos.
El viernes se matan los animales y todas las personas del pueblo preparan riquísimos guisos para que coman los visitantes. Esa noche la banda recorre las calles del pueblo y todos salen a verla.
El sábado, víspera de la fiesta, empieza a llegar mucha gente. Hay misa, juegos deportivos y toritos. Vienen bandas de otros pueblos que tocan junto con nosotros sus mejores piezas. La gente se pone muy contenta y baila toda la noche.
El domingo es el mero día de la fiesta, asisten muchas personas de otros pueblos, que traen sus productos para venderlos. Visitan a sus compadres, participan en los juegos y bailan danzas del pueblo. Las bandas tocan todo el día y por la noche todos participan en un gran baile popular. ¡Qué alegría tener una banda en la comunidad!
Fuente: INI, La Banda. Relato de niños zapotecas, México, 1993.