SAN LUIS POTOSI
Tradiciones- Real de Catorce -
En México existen varios pueblos llamados fantasmas entre ellos el famoso Real de Catorce ubicado en San Luis Potosí.
Cuenta la leyenda que durante la huida de catorce malhechores, asaltantes en los caminos del Real, les cubrió la noche y el frío en plena sierra de Catorce, donde recurrieron a una hoguera para salvar su vida. Al amanecer removieron las brasas aún encendidas, con sorpresa se percataron de la presencia de hojuelas blancas y brillantes fundidas por el fuego, luego de observarlas y tocarlas advirtieron que era ¡plata pura!.
Real de Catorce originalmente llamado como Real de Nuestra Señora de la Concepción de Guadalupe de Álamos Catorce es hoy en día una ciudad deshabitada donde el silencio, el eco del viento, las ruinas y las almas de los panteones son lo únicos moradores.
Sin duda un bello sitio para visitar, enclavado en la sierra de Catorce este lugar posee un vista variada en vegetación, para llegar a él se sigue un recorrido en ascenso por la montaña para enseguida encontrar al paso un largo túnel de 2,300 metros por el cual hay que transportarse para introducirse a Real de Catorce, es como cruzar la puerta del tiempo y revivir la ciudad minera en su pleno apogeo y colorido.
Actualmente el atractivo principal de este sitio histórico son sus ruinas, las leyendas innumerables que se gestan y sobre todo los intrépidos aventureros quienes se arriesgan a permanecer una noche desafiando los temores a la oscuridad y al más allá.
En 1772 son descubiertas las minas de plata en San Luis Potosí. La minería en Real se abrió paso a la inexperiencia de quienes no conocían la explotación técnica de las minas, al inestable clima, el cual durante el invierno llega a puntos de congelación, y a las epidemias. Poco a poco se fue construyendo la ciudad y en ella la parroquia dedicada a la Inmaculada Concepción, el teatro, la plaza de toros, el rebote (hoy en día conocido como frontón), un palenque y varias capillas.
A finales del siglo XIX Catorce se encontraba en su apogeo, sus minas más conocidas y célebres por sus riquezas fueron Concepción, Valenzuela, San Agustín, Santa Anna, La Purísima, El Pinole, Trompeta, Zacarías, entre otras.
En 1905 la ciudad empezó a decaer y cada vez era peor la situación, en 1910 la única mina en donde se continuaba trabajando era Santa Ana ya no había empleo, ni comercio y los pocos que quedaban aumentaron los precios a niveles exorbitantes. Dondequiera los edificios eran ruinas sin nadie que los quisiera habitar.
Hoy sólo permanecen las ruinas de una ciudad, viejas puertas, repisas a medio caer y escombros le dan un toque fantasmal a Real de Catorce, un excelente lugar para disfrutar de sus angostas calles y admirar el paisaje.
Mitos-El tapanco -
Muy cerca del rancho donde yo me crié, vivía un señor que era hermano de mi padre; un día se murió y la familia se fue, dejando la casa abandonada. Agarraron sus cosas y se fueron, pero olvidaron un costal de panela en el tapanco, porque antes se acostumbraba comprarla por costales y guardarla en un tapanco.
Yo estaba pollón, tendría unos ocho años y cuando no tenía qué hacer iba a robarme la panela, me subía al tapanco, abría el costal y comía hasta que me hartaba de dulce, ni miedo, ni nada me daba, pero un día que me empiezan a caer piedritas.
-¡Ya me agarraron! -pensé- y que me bajo a la carrera. Pero nada, no había nadie, entonces que cojo una de las piedras, estaba redondita y mojada, era piedra de río, -¿y ora? -me pregunté-, porque el río estaba lejos. Mi padre me dijo que habían sido los duendes del agua, que habían olido el dulce y querían comérselo.
Ya no volví al tapanco, dejé que se comieran toda la panela, al fin que yo ya tenía dulce hasta el paladar.
Cuentos- El huapango -
Valentín Martínez tiene 10 años y vive con su familia en la Huasteca Potosina. A él le gusta mucho esta región porque en ella abundan las flores de distintos colores y aromas, los árboles, ríos, montañas, cascadas, insectos, pájaros y muchos otros animales. Pero lo que más le agrada es que durante las fiestas de su comunidad se acostumbra cantar y bailar la música del huapango o son huasteco.
El huapango es un ritmo alegre y al cantarse se echa un gritito suave y agudo, que se conoce con el nombre de falsete. En sus canciones, se habla de la gente, los pueblos, la belleza de la naturaleza. Estas melodías se interpretan en trío, es decir, con tres músicos que tocan un instrumento diferente cada uno: la huapanguera o guitarra quinta, el violín y la jarana huasteca.
El abuelo de Valentín toca la huapanguera, que él mismo hizo con el tronco de un cedro. Este instrumento es el más grande y gordo de los tres, tiene ocho cuerdas y acompaña al violín y a la jarana; su sonido es bajo y fuerte como si fuera la respiración de un toro enojado.
De los instrumentos que se tocan en el huapango, el violín es el más pequeño. Es de madera, tiene cuatro cuerdas y se toca mediante un arco, también de madera, con cerdas hechas de crin de caballo. Además es un instrumento muy importante porque es el que lleva la melodía. A Valentín es el que más le agrada, por su sonido muy agudo y ligerito, que se parece al canto de esos pajaritos que juegan en el monte.
La jarana, en cambio, es más grande que el violín, tiene cinco cuerdas y acompaña la melodía. Su sonido es alegre y travieso como el de los niños que corren contentos en el campo. Le da un ritmo tan jovial al huapango que dan ganas de bailar. En donde vive Valentín, el baile consiste en un zapateado rítmico sobre una tarima de madera y, al escucharse, parece que acompañara a la canción un tambor tocado con los pies.
En esta región, los sones forman parte de la vida diaria de la comunidad. Por ejemplo, una vez que Valentín fue con su papá a pescar acamayas, que son camarones del río, se pusieron muy alegres a cantar un huapango que habla de este animal:
Si te fueras a bañar
no te bañes en la playa
porque sale un animal que se llama acamaya
¡uyuyui, ayayai! que se llama acamaya.
En la comunidad donde vive la familia de Valentín, las personas acostumbran despertarse a las cuatro de la mañana, con el canto de los gallos. Quizás por eso se canta un son que se llama "El Gallo". No se sabe quién lo compuso pero posiblemente fue alguien que se despertaba muy temprano a trabajar.
Hay tantos huapangos, que el otro día el papá de Valentín le contó que enamoró a su mamá, montado en un caballo Cupido, cantándole un son que dice así:
Corre, corre, caballito
corre por esas montañas
anda y dile a mi amorcito
que nos veremos mañana
pa' platicar un ratito.
Hay otro tipo de sones que describen seres imaginarios o fantásticos en los que muchas personas de la comunidad creen y que además son graciosos. Este es un ejemplo:
La sirena del mar
me dicen que es muy bonita;
yo la quisiera encontrar,
pa' besarle su boquita,
pero como es animal
no se puede naditita.
En esta región, la gente disfruta mucho de la belleza natural, de las flores que están por todas partes: en las montañas, el suelo, las rocas, los troncos y las ramas de los árboles, las paredes y los techos de las casas. En fin, todo el ambiente. Por eso, no podían faltar los huapagos alusivos al aroma y colorido de las flores. Este es uno de ellos :
La flor para que sea buena
se corta de mañanita
mayormente la azucena
que es una flor exquisita
que de noche se serena
viene el sol y la marchita
¡A qué noche tan serena
y sus estrellas tan ralitas!
me darás una azucena
cortada con tus manitas
para divertir mis penas
cortándole sus hojitas.
El abuelo de Valentín le ha enseñado a él y a sus hermanos a tocar la jarana. Cuando ya han terminado de trabajar o regresan de la escuela, se ponen a cantar todos juntos, a veces durante toda la tarde. El huapango "El Pozito" es una canción que les fascina cantar porque habla de un lugar en su casa, de donde sacan agua rica y transparente para apagar la sed y preparar la comida.
La gente de la región parece estar siempre contenta, como si todo les diera mucho gusto. En una ocasión, el papá de Valentín le dijo que cuando era chico conoció al señor que compuso un son llamado "El Gusto", y juntos lo cantaron:
Me gusta y me gusta el gusto
me gusta y me está gustando
y por darle gusto al gusto
sin gusto me estoy quedando
al que no le gusta el gusto
no le gusta este huapango.
Cuando Valentín pasea por la selva huasteca, se queda mirando durante mucho tiempo una planta que trepa por los árboles y puede subir hasta sus copas. Se trata de una enredadera gorda como una gran culebra. Todos en el pueblo la conocen como "El Bejuquito", el mismo nombre que lleva este son :
"El Bejuco" es un huapango
que se canta en La Huasteca;
alegra a cualquier fandango y
alegra a quien lo interpreta,
también a quien lo anda bailando.
Para la comunidad, el huapango no es una música más, es un canto a la vida, que los acompaña siempre en sus bodas, velorios y fiestas. Durante sus celebraciones se puede sentir el júbilo de la gente mientras disfrutan, a veces hasta el amanecer, de la música y el zapateado. El huapango -dice el abuelo de Valentín- es un espíritu que une a las personas y hace que se sientan como flor, animal y montaña.
Fuente: INI, Los Pastores de la montaña. Relato de niños huastecos, México, 1992.