SONORA
Tradiciones- El Acitrón -
Acitrón de un fandango,
zango zango, sabaré
sabaré de farandela,
con su triqui, triqui, tran.
Acitrón de un fandango...
¡Quién no ha endulzado momentos de su vida con este juego y este dulce mexicano tan popular!
A diario vemos el acitrón en grandes canastas, acompañado de higos, calabazates, cocadas, ates y camotes, paseando por las calles "de la mano" del vendedor ambulante. Pero, en honor a la verdad, el acitrón mexicano no debiera Llamarse así, pues no se hace en España, con cidra -un fruto parecido al limón pero de cáscara más gruesa y más aromática-, sino con la pulpa del tallo de la biznaga, una planta del desierto. La pulpa de la biznaga es a la vez dulce, y altamente Refrescante y nutritiva.
¡Acitrón de un fandango! Dulce y juego...
Mitos- Los duendes abandonados -
En un ejido del valle sonorense, muy cerca de Huatabampo, vivía una señora en una casa de carrizo. Todos los campesinos decían que era bruja, porque siempre vestía de negro y la veían salir acompañada de dos perros enormes y unos pequeños duendes que jugaban con la falda de la mujer. Los campesinos no la querían, le echaban la culpa de que algunos no levantaran la cosecha. Por eso, cada que la veían, la ofendían y corrían a esconderse, porque si la señora los maldecía, de seguro les pasaba alguna desgracia.
Un día, la gente decidió acabar con la señora bruja. Quince campesinos se armaron de valor y sin hacer ruido, fueron a la casa de la mujer durante la noche. Llevaban antorchas encendidas, así que le prendieron fuego a la choza. Los campesinos se asustaron al oír gritos y más, al ver salir huyendo a los duendes.
-¡Agarren a los duendes! ¡Que no se escapen! -gritaban los hombres. Pero los duendes se perdieron en el monte. Nadie los pudo atrapar.
Luego de aquella noche la gente se sintió tranquila, pero al poco tiempo los duendes salieron del monte y regresaron a la choza de la bruja. Como sólo encontraron cenizas, lloraron tan fuerte y por tantos días, que ninguna persona pudo dormir un buen tiempo.
Más ahí no terminó. Desde ese día, los duendes, en venganza por la muerte de su amada bruja, se dedicaron a destruir los sembradíos.
Los campesinos les ponían trampas y los correteaban, pero jamás lograron atraparlos. Dicen que aún se puede oír cómo lloran su abandono en el lugar donde vivían con su bruja, pero que ya no se meten con las siembras.
Cuentos- El rey del desierto -
Cuentan por ahí que un grupo de animales se reunió en medio del desierto para organizar un concurso.
Allí estaban un águila, un juancito, una iguana, una tarántula, una culebra y un camaleón; todos tan ansiosos que nadie paraba de hablar, hasta que el águila se subió a un sahuaro y les dijo:
-¡Ey, animales! Vamos a iniciar el concurso. Veremos quién es el más listo, cuando yo dé la orden, todos corren a esconderse, luego los voy a buscar y al que encuentre al último será el ganador.
-¿Y cuál va a ser el premio?-preguntó la iguana.
-Una corona -contestó el juancito-. El ganador la llevará para siempre, así todos sabremos que por ser el más listo, es el rey del desierto.
Así, el águila les dijo:
-Voy a cerrar los ojos y a contar hasta diez. Luego empezaré a buscarlos. ¡Uno, dos, tres.....!
Todos los animales corrieron a esconderse donde según ellos nadie los encontraría. Unos hacían hoyos en la arena, otros detrás de las biznagas y otros entre las piedras.
Por fin el águila terminó de contar y comenzó a buscar; a la primera que encontró fue a la culebra.
-¡Ya te vi culebra, sal de ahí!
-¡Ay, no! Por favor, deja que me vuelva a esconder. ¡Todos van a decir que soy una mensa! -gritó la culebra.
-Ni modo, ya perdiste -le contestó el águila y siguió buscando a los demás. Así encontró a la iguana trepada en una piedra, al juancito en un hoyo y a la tarántula entre las biznagas.
-Bueno -dijo el águila- como la tarántula fue la última en aparecer, es la ganadora.
Todos aplaudieron y estuvieron de acuerdo, menos la culebra. Iban a ponerle la corona a la tarántula cuando de pronto se escuchó un silbido.
-¡A mí ni me vean! -dijo la culebra-. Seré envidiosa pero no sé chiflar...
-¡Oigan, aquí falta alguien! -interrumpió el juancito- ¿Dónde está el camaleón? -¡Sí, es cierto! ¿Dónde estará? -se preguntaron unos a otros.
-¡Fiiiuu! -chifló el camaleón- Aquí estoy, en medio de ustedes.
-¿Pero, cómo le hiciste? -le dijo la tarántula.
-Lo único que hice fue quedarme parado y como vi que todos se escondieron muy rápido me dio tanta vergüenza que empecé a ponerme de varios colores, hasta que me quedé del color de la tierra.
-¡Ah, no! -protestó la culebra- El no puede ser el ganador, aunque haya aparecido al último, ni siquiera buscó dónde meterse.
-¡Sí, sí! ¡No se vale! -gritaron los otros animales.
-¡A ver, silencio! -dijo el águila-. Como nadie está conforme, que el camaleón nos demuestre cómo le hizo, así veremos si le corresponde el triunfo o no.
Entonces, todos los animales se pusieron muy contentos y en sus meras narices vieron cómo desapareció el camaleón.
-¡Ohh! ¡Ahh! ¿Dónde está? -se decían.
-Estoy en medio de ustedes. No me he movido. Fíjense, voy a abrir un ojo para que me vean.
-¡Es cierto, allí está! -gritó la iguana muy soprendida, mientras los demás animales aplaudían.
-¡Guácala! -protestó la culebra-¡Tramposos! ¡Ya no juego!
Y se fue del lugar haciendo gestos y muecas.
Desde entonces el camaleón cambia de color nada más oye o ve algo, pues teme que la culebra quiera robarle su corona. Por el contrario, la envidiosa culebra ve a alguien y saca la lengua, pues sigue resentida con todos los animales.
Fuente: CONAFE, Así cantan y juegan en la tierra del venado, México, 1997.